Lizzi era una hermosa mariquita, vivía en una montaña dentro de Elinor, una flor, que por la noche se transformaba en el más amplio mirador que se pudiese desear. Ellas contemplaban la gran ciudad allá abajo recortándose sobre el horizonte tachonado de estrellas. Lizzi, desde su observatorio notó que el cielo se estaba oscureciendo cada vez se podían ver menos estrellas, para asegurarse, atisbó por la mañana e incluso de día estaba gris.
Cuando ya no pudieron ver estrellas pasaron dos hombres con botas y cascos, mirando con detalle la hermosa ladera florida, oyeron cuando uno de ellos, con cierta tristeza, dijo: “lástima que toda esta belleza natural desaparezca por el progreso”.
Pasados unos días se dieron cuenta que a lo lejos cortaban los árboles. Una de esas mañanas despertaron sobresaltadas, sentían como el suelo se remecía un evidente signo de peligro para ambas; cuando una máquina gigantesca se acercaba a levantar la tierra que las sustentaba, Elinor en un intento de protección apretó sus pétalos, pero, algo ocurrió, el conductor del coloso lo detuvo y se instaló a comer, de pronto se fijó en la planta y pensó: «Sería un buen regalo para mi esposa». Lizzi, trémula, separó los pétalos para entrever cuando el hombre afable las cogió con una pala, aseguró las raíces y las metió dentro de su bolso.
Por la noche, la esposa del obrero dispuso a Elinor en un macetero, la regó y para acompañarse de su belleza escogió el alféizar de la ventana de la cocina.
Lizzi y su amiga tardaron un largo tiempo en sentirse tranquilas, así la flor abrió sus pétalos y pudieron mirar su nuevo hogar, ya no veían: cielo ni estrellas ni árboles ni animalitos. Enfrente a ellas había un tremendo bloque de concreto con agujeros cuadrados, notaron que por ellos se podían ver hombres como el que las había salvado esa mañana, Lizzi comentó: “Ese debe ser “El Progreso““.






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