Lizzi  era una hermosa mariquita, vivía en una montaña dentro de Elinor, una flor, que por la noche se transformaba en el más amplio mirador que se pudiese desear. Ellas contemplaban la gran ciudad allá abajo recortándose sobre el horizonte tachonado de estrellas. Lizzi, desde su observatorio notó que el cielo se estaba oscureciendo cada vez se podían ver menos estrellas, para asegurarse, atisbó por la mañana e incluso de día estaba gris.  
 
Cuando ya no pudieron ver estrellas pasaron dos hombres con botas y cascos, mirando con detalle la hermosa ladera florida, oyeron cuando uno de ellos, con cierta tristeza, dijo: “lástima que toda esta belleza natural desaparezca por el progreso”.
 

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