Norberto Fernández L.

 

Programa “Puerta abierta al arte”/ Lía Accetta

 

FM 101.9 SONIX / Radio Rivadavia                            
Columna del escritor Fernández Lauretta 
Columna Nº 7 del sábado 13 de junio de 2009                 
 
 El pasado 2 de mayo inicié este bloque de “Puerta abierta al Arte”, comprometiendo una ética intelectual para todas mis columnas; y desde ese día entrego, para el archivo de la dirección de Sonix-Radio Rivadavia, una grabación de mi decir no escrito y una copia firmada de los textos, que son de mi autoría. 
Ya el sábado 16 de mayo, citando la fuente, traje frases de la obra “El pequeño hombre y su mundo”, un ensayo filosófico de Horacio Teddy, de los años ’60, y tomé de él: “No existe el creador puro. Sólo Dios”; cerrando mi columna con la sugerencia de Anatole France, quien reconocía en sus escritos haber dado nuevas formas a viejas ideas. Traigo la frase a relación por una sucesión de pensamientos anónimos que, con el título: “Quiero volver a ser feliz”, recibí en archivo adjunto de un correo electrónico de circulación en cadena y me fue inspirativo. A partir del mismo me puse a escribir…
 Como la mayoría de los chicos de mi generación, fui criado con principios morales que entonces eran comunes. Nuestros padres, vecinos, abuelos y tíos, maestros y profesores eran personajes con autoridad hacia nosotros y personas dignas de respeto. A mayor edad, mayor consideración de los más jóvenes.
Ni siquiera imaginábamos contestar mal a las autoridades de la escuela, a un profesor de la secundaria, a un policía o a un anciano. Confiábamos en nuestros mayores porque eran los padres de nuestros amigos o de los chicos de otros barrios. Sentíamos más temor viendo películas de Frankestein o Drácula que caminando por calles oscuras.
Cuando éramos niños los ladrones tenían pinta de ladrones y los asesinos eran personajes de películas o de los bolsilibros Bruguera. Nuestra única preocupación respecto a la seguridad era que el acomodador no nos sacara de la matinée del domingo por zapatear el piso de madera cuando se cortaba la serie de “El Zorro”.
Hoy, cuando tomo conciencia de todo cuanto perdimos, me invade la nostalgia, no disfruto del recuerdo y me pongo triste.
Por años trabajé en casas consignatarias de ganado de Buenos Aires y fui apoderado en San Luis de la Casa Lanusse, fundada en 1872. Sus clientes no firmaban documento alguno al retirar sus compras de hacienda en los remates, era tradición de la casa. Pero ya no vivían sus fundadores Pedro y Antonio Lanusse, y la centenaria casa de remates, con deudas sin cobrar y quebranto financiero, debió cerrar sus puertas al ocaso del siglo XX.
(Breve cortina musical)
Retomo el panorama nacional. Hoy se maltrata ancianos, se violan niños, se secuestra, roba y estafa. Todo, no importa qué tan grave sea, termina en la banalidad de las noticias policiales, que se olvidan después de la primera cortina comercial. Hay falta de autoridad policial, o abuso de autoridad policial. La justicia falla, los jueces no nos merecen confianza en su aplicación de la ley. No hay conductas de equilibrio. Se saca ventaja de todo y no hacerlo se considera cosa de sonsos. Hay ladrones con traje y corbata y asesinos con cara de ángeles. Los pedófilos usan sotana o son caballeros que pintan canas. Los derechos humanos se aplican a los delincuentes, pero no a la gente sin trabajo ni a los niños en la calle; y el ciudadano honesto es cada vez más perseguido por deberes incuestionables. Hay blanqueo de capitales y se premia al evasor de ayer que pasa a ser el inversor que debemos proteger. Hay niños y ancianos que mueren de hambre. Maestros y profesores amenazados en el aula. Comerciantes armados que cierran más temprano por temor a los asaltos. Ladrones de quioscos que son asesinos. Ponemos rejas en puertas y ventanas y ya no sacamos la silla a la vereda en verano. Padres ausentes, hijos ausentes, droga presente.
¿Qué valores son esos? ¿Qué pasó en nuestro país durante los últimos treinta años? ¿Cuándo fue que todo desapareció o se hizo ridículo? ¿Cuándo miramos por última vez a los ojos de quien nos pide una limosna sin sentir recelo? ¿Por qué nos cerramos así? Queremos de vuelta nuestra dignidad y la paz. Queremos de vuelta la ley y el orden. Queremos libertad con seguridad. Queremos volver a sacar la silla a la vereda en verano. Queremos la honestidad como motivo de orgullo. Queremos recuperar la vergüenza y la solidaridad. Queremos la rectitud de carácter y la mirada a los ojos. Queremos la esperanza, la alegría. Techo y salud para todos, comida en la mesa. Inclusión social en todo el territorio de la Patria. Que las vinchucas no anden sobre la mesa y los niños del Chaco no se mueran por el mal de chagas. Que nuestras culturas originarias no se pierdan y los aborígenes tengan tierra propia escriturada con casa propia, como ya tienen en San Luis (es una deuda del pasado).
Volvamos a priorizar el “ser” al “tener”. Retornemos a la verdadera vida, tan simple como una gota de lluvia, tan limpia como un cielo de abril, tan leve como la briza de la mañana.
¿Podremos volver a ser gente? ¿A disentir de lo absurdo? ¿A indignarnos ante la falta de ética, de moral o de respeto? ¿A tener el amor, la solidaridad y la fraternidad como bases? ¿A alegrarnos del éxito de un amigo? ¿A no ser envidiosos del talento ajeno y tomarlo como ejemplo? ¿A hacer un culto de la amistad?   
¿Es todo esto una utopía?: ¡NO!...
Otro país es posible; y no plagio el slogan del Dr. Alberto Rodríguez Saa ni a mi columna inspirativa, porque otro país es posible si ustedes y yo hacemos nuestra parte y “contaminamos” a más personas y esas personas “contaminan” a más personas.
(cortina musical)
Cuando escuché el nombre de Rafael Barret recordé que solían nombrarlo mis padres como un gran escritor poco difundido, ensayista, narrador y periodista español que terminó inscripto en la literatura paraguaya; país que, faltando tan solo un año para el centenario de su muerte, le considera uno de sus principales revolucionarios y vanguardistas, como lo ha descripto bellamente Augusto Roa Bastos. Un anarquista en la más precisa acepción de esa maravillosa palabra.
Murió en 1910 de 34 años. Su corta vida estuvo marcada por incontables destierros y un ánimo belicoso contra toda forma de vileza, enmascaramiento, idolatrías o farsa; quizá por ello en vida no tuvo mucho reconocimiento literario. Jorge Luis Borges, en una carta  de 1.917 a su amigo Roberto Godel escribió: "Te pregunto si no conoces a Rafael Barrett, espíritu libre y audaz. Con lágrimas en los ojos y de rodillas te ruego que compres “Mirando la vida”, de este autor. Es un libro genial”…
No recuerdo que hubiera algún libro suyo en casa de mis padres, pero junto a la sinopsis comentada del mismo, la licenciada Graciela Savickas, de San Luis, me envió el valioso aporte de un cuento para el cierre de mi columna. Se los leo…
 “GALLINAS”

“Mientras no poseí más que mi catre y mis libros, fui feliz. Ahora poseo nueve gallinas y un gallo, y mi alma está perturbada. La propiedad me ha hecho cruel. Siempre que compraba una gallina la ataba dos días a un árbol, para imponerle mi domicilio, destruyendo en su memoria frágil el amor a su antigua residencia. Remendé el cerco de mi patio, con el fin de evitar la evasión de mis aves y la invasión de zorros de cuatro y dos pies. Me aislé, fortifiqué la frontera, tracé una línea diabólica entre mi prójimo y yo. Dividí la humanidad en dos categorías: Yo, dueño de mis gallinas, y los demás que podían quitármelas. Definí el delito. El mundo se llenó para mí de presuntos ladrones, y por primera vez lancé del otro lado del cerco una mirada hostil.
Mi gallo era demasiado joven. El gallo del vecino saltó el cerco y se puso a hacer la corte a mis gallinas y a amargar la existencia de mi gallo. Despedí a pedradas el intruso, pero mis gallinas saltaban el cerco y aovaron en casa del vecino. Reclamé los huevos y mi vecino me aborreció. Desde entonces vi su cara sobre el cerco, su mirada inquisidora y hostil, idéntica a la mía. Sus pollos pasaban el cerco y devoraban el maíz mojado que consagraba a los míos. Los pollos ajenos me parecieron criminales. Los perseguí, y cegado por la rabia, maté uno. El vecino atribuyó una importancia enorme al atentado. No quiso aceptar una indemnización pecuniaria. Retiró gravemente el cadáver de su pollo y en lugar de comérselo, se lo mostró a sus amigos, con lo cual empezó a circular por el pueblo la leyenda de mi brutalidad imperialista. Tuve que reforzar el cerco, aumentar la vigilancia; elevar, en una palabra, mi presupuesto de guerra. El vecino dispone de un perro decidido a todo; yo pienso adquirir un revólver.
¿Dónde está mi vieja tranquilidad? Estoy envenenado por la desconfianza y por el odio. El espíritu del mal se ha apoderado de mí. Antes era un hombre. Ahora soy un propietario”
Dejo a ustedes la moraleja… Hasta la próxima semana.