Columna 29
FM 101.9 SONIX / Radio Rivadavia
Columna Nº 29 del escritor Norberto Federico Fernández Lauretta
Programa “Puerta abierta al arte”/ Lía Accetta - Sábado 14 de noviembre de 2009
La Sociedad Argentina de Escritores – S.A.D.E. Seccional Provincia de San Luis autoriza su libre circulación y reproducción Deberá mantenerse la integridad del texto y mencionar su autor y la fuente (FM Sonix-Radio Rivadavia)
Estamos en plena primavera y es un momento oportuno para dedicar mi tiempo de radio a la estación del amor y a sus efectos.
Época templada en Argentina, aunque esté año, para estar a tono con el pulso del país, la vemos muy inestable. Aún así, las cosas de la gente y la gente misma, la naturaleza viva, están en su mayor vigor y hermosura.
Comenzaré con las “declaraciones de amor”, ahora en desuso, pero que mi generación cultivaba. Eran los años del último romanticismo. Continuaré luego con dos relatos de la primavera de mi vida.
(Breve cortina musical)
Qué mujer cuya adolescencia transcurriera anterior a los años ´70 no recuerda aquellas palabras de amor que tan nerviosos nos ponían a los jóvenes de entonces; muy locuaces unas veces, otras silenciosos.
Claro, cuando “la cosa iba en serio” y en una respuesta estribábamos aquello que para nosotros sería nuestra dicha futura o nuestra desventura... ¿Quién era tan sereno como para atreverse a hacer de repente la pregunta?
Para mí no hay nada más práctico ni más grandioso que el sentimiento de dos seres que se miran sin hablarse de su amor. ¡Qué importan los sonidos de los labios si se establece el sonido de los corazones!
El amor puro tiene el privilegio de fundir dos almas en una; y nadie habla en voz alta consigo mismo. Es mi reflexión; y me refiero al sentimiento que está próximo a constituir una virtud y cuya evidencia más romántica y sincera es aquella que se manifiesta en silencio.
La razón es muy sencilla: cuando el hombre siente mucho, habla muy poco o no habla; y para una mujer delicada no hay demostración de amor más seductora que la turbación de un hombre de talento.
(Breve cortina musical)
Quejas, placer, enojo y ternura, todo lo expresa una mujer enamorada en el juego sutil de una mirada, en el dulce movimiento de una sonrisa, en una lágrima imprudente que corre por su mejilla, en el hálito imperceptible de un suspiro que se escapa a hurtadillas de su pecho.
El misterio y la reserva son condiciones íntimas del amor –en todas las épocas–; por ello, el respeto y la indiferencia no miran con los mismos ojos.
Nuestras mujeres (las abuelas y madres de hoy), no perdonaban jamás la conducta ordinaria, la desatención y la descortesía. Sabían que si el amor se convierte en un asunto vulgar desaparecen sus más dulces atractivos.
El hombre que ama verdaderamente no sabe, en punto a expresar su sentimiento, ni cuando lo comienza ni cuando lo termina…
“¡Que sólo iguales el amor conoce!” dice el verso final de una poesía, y es así, la mujer lo adivina; y es natural, al amor verdadero no urge correspondencia, se alimenta de sí mismo.
(Breve cortina musical)
De los pasajes más elocuentes de la primavera de mi vida, recuerdo todos. A los quince años me creía –porque así me sentía– un hombre mayor e independiente. Era buen cazador sin ser dañino y mostraba habilidad y buena disposición para los quehaceres del campo, además de ser muy de a caballo.
En compensación, mi padre aceptaba prestarme por algunas horas diurnas, o alguna que otra noche (si prometía regresar temprano), el vehículo que tenía en ese momento, una rural Estanciera IKA.
Mis amigos del pueblo eran algo mayores que yo, pero me consideraban bien. No sé si por creerme de su edad o porque frecuentar mi casa les permitía ver a mis tres hermanas, muy bonitas, apenas mayores que yo.
(Breve cortina musical)
Vivía adelantado a mi edad, porque me agregaba dos años. Ello me permitía acompañar a mis amigos a las localidades vecinas; más bien digo llevarlos en la rural (y esta es otra razón por la cual me aceptaban mis amigos mayores). Así, además de ir a los habituales bailes del Sportivo Villa Larca, salíamos rumbo al sur, a Papagallos, o hacia el norte a Cortaderas, o al oeste a Concarán…
En meses de vacaciones había chicas de nuestra edad –y quiero decir de quince a dieciocho años (también pasaba yo por más edad)–; La mayoría nos eran conocidas, pero algunas sólo estaban de paso con sus padres. No nos éramos indiferentes.
A mí me apuntaba la barba y me afeitaba todos los días (aún sin necesidad). También cambiaba mi voz. En casa mis hermanas parecían ignorar esto y mamá supongo que lo disimulaba. Pero yo estaba seguro que mi padre me consideraba todo un hombre y me lo decía, llenándome de orgullo. No obstante, con mis hermanas me mostraba tan quisquilloso que, cualquier palabra en broma (como “pibe” o “mocoso agrandado”), o signo que no se dirigiese al reconocimiento decisivo de mi virilidad, me hería profundamente.
Al recordar esto corre por mi cuerpo un estremecimiento feliz, no exento de melancolía. Hoy comprendo mi sentimiento de entonces cuando, al imaginar mi futuro, una ola de vagos anhelos, de ilusiones y esperanzas se hinchaba dentro de mi pecho, subía a mi cerebro y me embargaba.
(Breve cortina musical)
¡Tanto apuro por crecer! Desde mis quince años creo que conté uno a uno mis días, en el deseo de llegar cuanto antes a cumplir los dieciocho y todo cuanto ello representaba para un adolescente.
Al salir de la escuela primaria lo importante había sido ponerme mis primeros pantalones largos, a la usanza de entonces, dejar ciertos juegos y que me dieran la llave de casa; pero a los dieciocho lo fue obtener la Libreta de Enrolamiento y con ella el pasaporte a lo prohibido –prohibido en ese entonces–, aunque para mí no lo había sido tanto.
Jamás volví a sentir la vida más interesante y llena de emociones y expectativas, que en las primeras horas de mi masculinidad consciente.
(Breve cortina musical)
Guardo otro hecho imborrable, maravilloso, que también voy a contar, sucedido uno o dos años antes del relato anterior.
Se despedía la última primavera de los años ’50 en la montañosa Villa Larca y yo tenía 13 años. Mi felicidad de entonces se agregó a otra que se comprenderá inmediatamente, porque fue en esa primavera cuando dije mi primera declaración de amor con la pregunta de rigor, me habían contestado que sí y tuve mi primera novia. Claro que, a ciencia cierta, no sé si tuve una novia, pero esa fue mi opinión y la de mi bella.
(Breve cortina musical)
Nunca me sentí indiferente a la belleza femenina, ni en la aurora de mis años; por lo cual era de suponer que no tardaría en funcionar en mí la ley química de las afinidades electivas.
Esa primavera había puesto mis ojos en una damita algo mayor que yo, pero el hecho de ignorarlo ella y contar yo, además (no siempre), de un vehículo, me daba cierta ventaja.
Mi novia tenía un cierto estrabismo en su mirada, cosa que no afectaba mi interés, más bien lo incitaba.
Aún recuerdo, sentados al borde de la represa municipal, un anochecer con lumbre de luna llena, decirle: «La luna es de queso, de queso gruyere; si pudiera remontarme a ella te la traería en trocitos. Pero quizá sea mejor que la deje así y puedas disfrutarla en toda su belleza». Tan sesuda retórica sé que la conmovió.
A partir de ese verano ya tenía Villa Larca otro atractivo para mí. Recuerdo que al regresar a la ciudad y a mis estudios secundarios le escribí y fui correspondido, pero la distancia hizo lo suyo y ya lo epistolar no fue suficiente. Se acabó el idilio con la fugacidad con que se había iniciado.
(Breve cortina musical)
No sé si en aquella relación idílica existía el amor, creo que no. Por mi parte, al menos, me parece que mi sentimiento hacia aquella personita fue una viva simpatía, una suave amistad que sólo semejaba a la pasión amorosa, la que no prendió en mí, con el revoloteo hormonal que produce, hasta algunos unos años más tarde (que no fueron muchos, más bien pocos); pero no me quedaron dudas, como tampoco hoy tengo dudas que la pasión amorosa, sin otro valor, no necesariamente es el verdadero amor entre un hombre y una mujer.
(Breve cortina musical)
De mis amores de adolescente –y hubo varios– lo más vivo, lo más apasionado que viví, fue pasear de la mano, bailar juntitos en las reuniones sociales familiares, aprender a besarnos, acariciarnos, algunos jugueteos propios del despertar del sexo; y los románticos atardeceres bajo los sauces llorones junto a la represa de Larca, viendo el vuelo rasante de las golondrinas sobre el espejo de agua, y mis versos de muchachito imberbe.
(Breve cortina musical)
Años más tarde, no muchos, cuando el servicio militar me llamaba a sus filas, visité mi casa de Villa Larca con unos amigos. Aún estaba la marca del corazón en el frondoso molle del patio (ya no existe ese grabado, el tiempo y el cambio de corteza lo borró).
Miré en la ocasión a mis amigos de veinte años con cierta jocosidad. En verdad, comenté el hecho aún fresco en mi memoria y todos reímos. Ya nos sentíamos sabios y desde lo alto de nuestra ciencia contemplábamos el recuerdo impreso de aquellos pueriles amores con cierto desdén.
Hoy, desde lo bajo de mi experiencia los miro con un poco más de respeto.
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